Wolfie Wolfie! La Voracidad del Lobo de Wall Street
El lobo de Wall Street: Goce, toxicomanía y la fractura del lazo simbólico
Martin Scorsese, en El lobo de Wall Street (2013), adapta las memorias de Jordan Belfort para erigir no solo un retrato de excesos desmesurados, sino una radiografía penetrante del sujeto hipermoderno. En el torbellino de cocaína, dinero, poder y placer que define la existencia de Belfort, se cartografía un goce que trasciende la anécdota biográfica para convertirse en emblema de una época. Este goce hipermoderno, en su voracidad insaciable, delata la erosión del Otro simbólico y la ascensión del objeto a como regulador de una economía psíquica al borde del abismo. Este análisis indaga en la toxicomanía como estructura clínica, su dimensión de antiamor y su resolución singular, en el contexto de una civilización que consagra el imperativo de gozar como mandato supremo.
El paliativo como respuesta al malestar estructural
Sigmund Freud, en El malestar en la cultura, identifica las sustancias como un recurso frente al sufrimiento inherente a la existencia humana: “Hay tres recursos principales: actividades que distraigan poderosamente, satisfacciones sustitutivas y sustancias embriagadoras” (Freud, 1930/2010, p. 75). Para Freud, el consumo surge del choque entre las pulsiones y las demandas civilizatorias, un paliativo frágil que amortigua la tensión sin resolverla, perpetuando la alienación del sujeto. En Jordan Belfort, la cocaína, las quaaludes y el frenesí sexual no son simples excesos, sino estrategias desesperadas de supervivencia en un mundo despojado de anclajes simbólicos. Cuando, en el colapso de su imperio financiero, recurre a líneas de cocaína para sostener una fachada de control (Scorsese, 2013), se revela esta lógica: un intento vano de colmar el vacío estructural con satisfacciones fugaces que, lejos de apaciguar el malestar, lo arrastran a un ciclo de repetición insostenible. La cámara de Scorsese, con su ritmo vertiginoso, captura esta compulsión como un ritual trágico, donde cada dosis es un paso más hacia el borde de lo Real.
El goce y la primacía del objeto a
Jacques Lacan reformula esta intuición freudiana al situar el consumo en el dominio del goce, un exceso que desborda el placer y se instala más allá del principio de homeostasis. En el Seminario 7, introduce Das Ding como el núcleo inalcanzable del deseo: “La Cosa es lo que del ser se presenta como lo más próximo y lo más lejano” (Lacan, 1959-1960/1986, p. 65). Para Belfort, el dinero y las drogas encarnan este objeto a, un señuelo que promete plenitud pero que, en su carácter esquivo, sostiene la maquinaria pulsional del sujeto. En el Seminario 20, Lacan radicaliza esta idea: “El goce es lo que no sirve para nada” (Lacan, 1972-1973/1999, p. 23), una sentencia que ilumina la vacuidad estructural de los excesos de Belfort. Su vida se teje en torno a un éxtasis estéril, un goce que bordea lo mortífero y que encuentra su expresión más cruda en la pulsión, definida como un circuito que “no va hacia un objeto, sino que lo bordea” (Lacan, 1964/1991, p. 179).
La iniciación de Belfort en la cocaína, guiada por Mark Hanna con la máxima “Esto es Wall Street, aquí se vive rápido” (Scorsese, 2013), marca su ingreso en esta relación con el objeto tóxico. No se trata de un placer regulado, sino de un intento fallido de domeñar el goce, que se perpetúa en una repetición incesante. La escena en que Belfort, bajo los efectos devastadores de las quaaludes, se arrastra hacia su Lamborghini (Scorsese, 2013) expone este goce en su forma más desnuda: un exceso que suspende al Otro —las leyes, la moral— y abandona al sujeto a un aislamiento radical frente a lo Real. Scorsese filma este momento con una mezcla de humor negro y pathos, revelando la fragilidad de un hombre atrapado en su propio circuito pulsional.
La toxicomanía en la era hipermoderna
Jacques-Alain Miller ofrece una lectura contemporánea al señalar que en el goce hipermoderno “El objeto a se ha convertido en el amo de la civilización” (Miller, 2005, p. 12). En este marco, la toxicomanía de Belfort no se limita a las sustancias, sino que abarca una relación estructural con el dinero y el poder, reflejo del declive del Nombre del Padre y de la autoridad simbólica que otrora estructuraba el lazo social. Éric Laurent complementa esta visión al describir el goce actual como autista: “El sujeto moderno se entrega voluntariamente a un goce que no necesita del Otro” (Laurent, 2007, p. 34). Esta autonomía se cristaliza en el discurso de Belfort ante sus brokers —“¡No vamos a parar nunca! ¡No vamos a aceptar NO como respuesta!” (Scorsese, 2013)—, una proclamación que encarna el imperativo de gozar propio de una época donde el Otro, como garante de sentido, ha colapsado: “El Otro no existe” (Lacan, 1975-1976/2005, p. 88). Efecto de un rechazo rotundo a la castración.
En la hipermodernidad, el sujeto se enfrenta a una civilización que exalta el consumo como fin último, despojando al lazo social de su dimensión simbólica. Miquel Bassols (2020) profundiza esta idea al señalar que “el goce hipermoderno rechaza la mediación del Otro y se aferra a la inmediatez del objeto” (p. 89). En Belfort, esta inmediatez se traduce en una voracidad que no admite límites: el dinero no es solo riqueza, sino un objeto a que lo conecta con un goce desvinculado de toda alteridad. Graciela Brodsky, aporta una perspectiva complementaria al afirmar que “la toxicomanía contemporánea es un síntoma de la declinación del padre, donde el sujeto busca en el objeto tóxico una consistencia que el Otro ya no ofrece” (Brodsky, 2019, p. 47). Esto resuena en la trayectoria de Belfort, cuyo frenesí consumista no solo refleja una adicción química, sino una respuesta estructural al vacío de una época.
En consonancia con este fenómeno, Fabián Naparstek (2022) introduce la noción de “desenganche” para caracterizar esta operación: “El toxicómano hipermoderno se desengancha del Otro para engancharse al objeto, en un movimiento que sustituye el lazo social por una relación autista con lo Real” (p. 15). En El lobo de Wall Street, este desenganche se manifiesta en la progresiva disolución de los vínculos de Belfort con su esposa, sus socios y la ley, reemplazados por una fidelidad ciega al tóxico —sea cocaína, quaaludes o billetes—. La hipermodernidad empuja al sujeto a un goce sin relato, donde el objeto a se impone como un sustituto de la narrativa simbólica que el Nombre del Padre sostenía” (Román, 2021, p. 62). Belfort, en su ascenso y caída, encarna esta ausencia de relato: su vida es una sucesión de excesos sin sentido, un goce que no se inscribe en una historia, sino que se consume en la instantaneidad.
Esta perspectiva encuentra eco en Pharmakon 5: Delirio o Tóxico (2023), donde se explora la ambigüedad del tóxico como remedio y veneno en la contemporaneidad:“el sujeto hipermoderno oscila entre el delirio y el tóxico como modos de habitar lo Real, donde el consumo no es solo adicción, sino un intento de anudamiento frente a la fractura del Otro” (González, 2023, p. 28). En Belfort, esta oscilación es palpable: su toxicomanía no solo lo intoxica, sino que actúa como un precario estabilizador frente al delirio potencial de un mundo sin límites simbólicos, incluso implica una apuesta a un Simbolico sin consistencias ni normas que regulen. La hipermodernidad, así, no solo tolera la toxicomanía, sino que la fomenta como respuesta a su propio vacío estructural.
La toxicomanía como partenaire
Estos fenómenos dan fe de lo que Ernesto Sinatra concibe en el tóxico como “un partenaire estructural que localiza el goce y lo fija en un punto” (Sinatra, 2018, p. 45). Para Belfort, la cocaína y el dinero cumplen esta función, estabilizando su economía psíquica frente a la angustia de la castración. Sin embargo, Sinatra advierte sobre la fragilidad de este arreglo: “El tóxico estabiliza, pero su exceso lo lleva al borde” (Sinatra, 2018, p. 50). Este borde se materializa en la escena del yate azotado por la tormenta, donde Belfort, inmerso en su consumo, arriesga su vida (Scorsese, 2013), un testimonio de la precariedad de esta solución. Sinatra subraya además la dimensión de antiamor: “El toxicómano no ama, no se entrega al Otro; la droga es un partenaire que no pide nada” (Sinatra, 2018, p. 72). Belfort encarna esta lógica al privilegiar el goce solitario de sus excesos sobre cualquier lazo afectivo, evidente en su distanciamiento de Naomi y sus socios. Belfort se encuentra frente a un partenaire que no pide nada, pero a su vez revienta su cuerpo y deteriora los nexos que tiene con su realidad.
Fabián Naparstek (2015) desarrolla esta idea al describir el vínculo con el tóxico como un “enganche” que sustituye la relación con el Otro: “El toxicómano se engancha al objeto para desengancharse del lazo social, en un movimiento que lo aísla y lo sostiene a la vez” (p. 14). Las recaídas de Belfort tras cada intento de redención —como su regreso al consumo tras el arresto— ilustran este enganche, una fidelidad al partenaire tóxico que lo define más allá de sus propósitos conscientes. Hugo Freda, por su parte, identifica una dimensión perversa en estos excesos: “La toxicomanía no se reduce a la droga; en su vertiente perversa, el goce se despliega en actos que devastan al Otro” (Freda, 2010, p. 27). En Belfort, esta perversión se manifiesta en episodios como el lanzamiento de enanos o la destrucción de espacios, actos que trascienden el consumo químico y se inscriben en un goce sádico que anula toda alteridad. Freda añade que “el toxicómano perverso no busca solo el objeto, sino el efecto de su exceso sobre el mundo” (Freda, 2010, p. 29), una dinámica que Scorsese captura con una mezcla de fascinación y repulsión.
Para abordar esta problemática, Luis Darío Salamone (2018) aboga por un tratamiento singular frente a esta estructura: “No se trata de imponer normas al toxicómano, sino de acompañarlo en la invención de un arreglo que haga habitable su goce” (p. 48). Belfort, con su desprecio por las imposiciones externas, encarna esta resistencia a la normalización, lo que sugiere que su salida no pasa por la abstinencia forzada, sino por una transformación subjetiva. Salamone enfatiza que “el tóxico es un partenaire que suple la ausencia del Otro, pero su manejo requiere una ética del caso por caso” (Salamone, 2018, p. 49). En este sentido, la reinvención de Belfort como conferencista motivacional podría leerse como un intento de este arreglo singular, aunque teñido de las lógicas del espectáculo capitalista.
Mauricio Tarrab, por su parte, sentencia: “El goce es tóxico” (Tarrab, 2008, p. 15), una afirmación que resuena en la autodestrucción de Belfort. Tarrab profundiza esta idea al señalar que “la toxicomanía no es solo el consumo de una sustancia, sino una relación con el goce que envenena el lazo social y al sujeto mismo” (Tarrab, 2008, p. 16). En Belfort, este veneno se manifiesta en la progresiva disolución de sus vínculos y en la compulsión que lo lleva al colapso. Tarrab añade que “el toxicómano busca en el objeto una certeza que el Otro no puede dar” (Tarrab, 2008, p. 17), una certeza que Belfort persigue en el dinero y las drogas, solo para descubrir su carácter ilusorio. Desde Pharmakon 5, González retoma esta noción al plantear que “el tóxico, como partenaire, oscila entre el delirio y la estabilización, un pharmakon que cura y mata” (González, 2023, p. 30), una ambivalencia que define la trayectoria de Belfort en su danza con lo Real.
El sinthome y el goce Uno: Una resolución singular
En su última enseñanza, particularmente ligada al sinthome, Lacan reorienta la toxicomanía hacia la invención singular del sujeto: “El sinthome es lo que hay de singular en cada uno” (Lacan, 1975-1976/2005, p. 11). A diferencia del síntoma, que porta un mensaje para el Otro, el sinthome es un anudamiento del goce con el cuerpo, irreducible a la interpretación. Inicialmente, el goce de Belfort depende de partenaires externos —drogas, dinero—, un antiamor que contrasta con el goce Uno, autónomo y no mediado por objetos (Lacan, 1975-1976/2005). Tras su arresto y su ruina, Belfort emerge como conferencista motivacional (Scorsese, 2013), un indicio de un sinthome renovado que desplaza el goce tóxico hacia un intento de escritura singular, aunque impregnada de las lógicas del capitalismo. Este pasaje reubica la realidad sexual del sujeto —el goce que evade al Otro— en un lazo social precario (Tendlarz, 2018, p. 63). Bassols (2020) añade que “el rechazo a la diferencia sexual encuentra en el sinthome una reinscripción” (p. 92), sugiriendo que Belfort transforma su goce autista en un arreglo que, si bien no lo redime, le permite habitar lo Real de otra manera.
¿Todos los Caminos conducen al Goce Hipermoderno?
El lobo de Wall Street se erige como un testimonio del sujeto hipermoderno, atrapado en la encrucijada entre el goce tóxico y la búsqueda de un sinthome como una salida soportable. Desde Freud, la toxicomanía aparece como un paliativo frente al malestar estructural; Lacan la sitúa en el registro del goce, un exceso regulado por el objeto a que suspende al Otro; Miller y Laurent la contextualizan en una civilización donde el imperativo de gozar reina tras el declive del Nombre del Padre; y el TyA, con Sinatra a la cabeza, la define como un antiamor que localiza el goce a costa del lazo social. Belfort, en su trayectoria, encarna esta dinámica: su vida es un despliegue de pulsión que bordea lo mortífero, un rechazo al Otro que culmina en una invención singular tras el colapso.
Esta configuración invita a una comparación con Mark Renton, personaje protagonista de Trainspotting (Boyle, 1996), cuya relación con la toxicomanía diverge y converge con la de Belfort en un juego especular. Renton se posiciona como un subversivo, un sujeto que reniega de los valores capitalistas y la sociedad hipermoderna con su célebre discurso “Choose Life” (Boyle, 1996), un manifiesto que escupe sobre los ideales de familia, trabajo y progreso. Sin embargo, esta rebelión lo conduce a una servidumbre igualmente e incluso aún más feroz: la heroína, el alcohol y otras sustancias lo atrapan en el imperativo de gozar, un goce autista que lo aísla del Otro y lo enfrenta a lo Real en episodios como el delirium tremens o la muerte de Tommy. Belfort, por el contrario, abraza los ideales del capitalismo con una devoción casi religiosa: el dinero, las drogas, las mujeres, el poder y el alcohol son los pilares de su fe, un sistema que lo exalta y lo esclaviza simultáneamente. Su toxicomanía no es una negación del orden social, sino una hipertrofia de sus promesas, un goce que lo consume hasta su caída.
A pesar de estas diferencias, ambos convergen en la toxicomanía como respuesta a la inexistencia del Otro simbólico. Renton sustituye el lazo social por la heroína como partenaire, un antiamor que lo estabiliza hasta que el exceso lo desborda; Belfort, en su fervor capitalista, reemplaza al Otro por una constelación de objetos —cocaína, billetes, placeres—, un goce igualmente solitario que lo lleva al borde del abismo. Las salidas, sin embargo, reflejan sus trayectorias opuestas. Renton, al final de Trainspotting, roba el dinero de sus amigos y opta por “elegir la vida” (Boyle, 1996), un sinthome ambiguo que lo extrae del pozo de la adicción, pero lo reinscribe en las lógicas consumistas con una ironía mordaz. Este pasaje del antiamor de la aguja a un goce Uno titubeante no lo libera del todo, pero le permite un anudamiento que amortigua lo Real. Belfort, tras su encarcelamiento, se reinventa como conferencista motivacional (Scorsese, 2013), un sinthome que transforma el partenaire tóxico en un intento de escritura singular, aunque teñida de las huellas del capitalismo. Su goce, inicialmente servil, evoluciona hacia una autonomía relativa, un “saber hacer” que lo sostiene en la fractura.
En esta dialéctica, Renton y Belfort señalan la condición hipermoderna desde polos opuestos: uno rechaza el sistema y sucumbe a su goce, el otro lo abraza y se quema en su propia pira. Sus toxicomanías, como estructuras de antiamor, reflejan el colapso del Otro y el ascenso del objeto a como regulador del goce. Sus invenciones finales —el consumismo subversivo de Renton, el espectáculo cínico de Belfort— no son redenciones normativas, sino sinthomes singulares que les permiten habitar el vacío de su tiempo. El psicoanálisis, desde Freud hasta Lacan y el TyA, no ofrece aquí una cura en el sentido clásico, sino una lectura ética de la invención frente a lo Real: un testimonio de la potencia del sujeto para anudar su goce en un mundo donde el sentido se ha desvanecido.
Referencias
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Boyle, D. (Director). (1996). Trainspotting [Película]. Channel Four Films.
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Miller, J.-A. (2005). Una fantasía. Mediodicho, 32, 7-15.
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Salamone, L. D. (2018). Entrevista con Didier Velásquez. Revista TyA, 8, 45-50.
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Tendlarz, S. E. (2018). ¿Qué sabe el psicoanálisis de las adicciones?. Grama Ediciones.
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