Baby Reindeer y la Erotomanía
Análisis integral de Bebé Reno: La psicosis erotomaníaca
de Martha en el torbellino lacaniano
Bebé Reno (Baby Reindeer), la creación
visceral de Richard Gadd, no es un relato más: es un descentramiento brutal que
pone en escena la psicosis con una intensidad que atraviesa la pantalla y se
clava en el espectador. Martha, su protagonista obsesiva, no es solo un
personaje; es un nudo subjetivo donde la erotomanía y la celotipia se
entretejen en una estructura psicótica que el psicoanálisis lacaniano puede
desentrañar con precisión. A través de ejemplos clínicos entretejidos, se
observa en la psicosis de Martha su predominio erotomaníaco y las tensiones de
su lazo social roto en una modernidad sin anclajes simbólicos.
Sigmund Freud: El inconsciente como matriz del delirio
Sigmund Freud, médico atrapado en el positivismo del siglo
XIX, revolucionó la psiquiatría al proponer que los síntomas psíquicos no son
meros desórdenes biológicos, sino expresiones de un inconsciente estructurado
por conflictos y deseos reprimidos. En “Neurosis y psicosis” (1924), establece:
“En la neurosis, el yo, bajo la presión de la realidad, reprime una parte de
los instintos; en la psicosis, el mismo yo, al servicio del ello, se retira de
una parte de la realidad” (Freud, 1924/1961, p. 151). Este retiro no es un
abandono: es el preludio de una reconstrucción delirante, un esfuerzo por
rehacer un mundo inhabitable. Martha lo encarna desde el primer instante.
Cuando Donny le ofrece un té por cortesía en el bar (episodio 1), ella no lo
lee como un gesto trivial: lo transforma en la prueba de un amor absoluto,
proyectando una narrativa que desborda la realidad compartida. Freud nos
orienta: no es un malentendido, sino un repliegue del yo que busca sostenerse
frente al vacío.
En “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia
(Caso Schreber)” (1911), Freud vincula la paranoia a una proyección defensiva:
“Yo (un hombre) lo amo” se convierte en “Él me ama” (erotomanía) o “Él ama a
otro” (celotipia) (Freud, 1911/1961, p. 63). Aunque Martha no evidencia un
conflicto homosexual explícito, su obsesión sigue esta lógica proyectiva: un
deseo no simbolizado se externaliza en un delirio que inviste a Donny de un
amor que ella necesita para no colapsar. Freud lo nombra “intento de curación”
(Freud, 1911/1961, p. 71): el delirio es un esfuerzo por dar sentido a una
fractura estructural. Cuando insiste en el apodo “bebé reno” (episodio 4),
ligado a un juguete de su infancia, no solo idealiza a Donny: proyecta sobre él
un significado salvífico que trasciende lo real, un eco de la lógica freudiana
que supera las categorías estáticas de Kraepelin (paranoia fija) o Bleuler
(esquizofrenia fragmentada).
Celotipia y erotomanía como señales descriptivas
La psiquiatría de Kraepelin y Clérambault ofrece un marco
descriptivo para los signos de Martha, aunque sin la profundidad dinámica del
psicoanálisis. La celotipia, delirio de celos, implica una certeza patológica
de infidelidad, con vigilancia y agresividad. La erotomanía, según Clérambault
(1921), es la convicción delirante de ser amado por un ideal, mezclando
esperanza y resentimiento.
Martha transita estas pasiones con una lógica psicótica. Su
erotomanía se enciende con el té (episodio 1): no es cortesía, sino una
declaración implícita que la lleva a inundar a Donny con correos (episodio 2),
un acto que Clérambault describiría como “esperanza sostenida por una certeza
inquebrantable”. La celotipia estalla en el episodio 6, cuando ataca a la novia
de Donny: ve rivales donde no los hay, un rasgo que Kraepelin asociaría a la
sistematicidad de la paranoia. La psiquiatría traza el contorno; el
psicoanálisis revela el núcleo.
Forclusión, el sinthome y la clínica del vacío
Lacan, reelaborando a Freud, sistematiza la psicosis en El
seminario III: Las psicosis (1955-1956) a partir de la forclusión del
Nombre-del-Padre, el significante que introduce la ley simbólica y regula el
goce. “Lo forcluido de lo simbólico retorna en lo real como alucinaciones,
delirios o fenómenos elementales” (Lacan, 1998, p. 45). Martha no oye voces,
pero su certeza de que Donny la ama es un fenómeno elemental: tras el té
(episodio 1), sus correos masivos (episodio 2) no dudan, no negocian,
reemplazando la realidad con una construcción propia. Este “desencadenamiento”
del goce, sin la mediación del Nombre-del-Padre, la expone a lo real de su
obsesión, en contraste con la duda neurótica que Lacan opone a esta convicción
psicótica.
En El seminario XXIII: El sinthome (1975-1976), Lacan
propone que el delirio es un sinthome, un suplemento que anuda los registros de
lo simbólico, imaginario y real ante la falla estructural. “El psicótico
inventa un sentido donde el Otro no responde” (Lacan, 2006, p. 87). El “bebé
reno”, revelado en el episodio 7 como un juguete infantil que la consolaba, es
este sinthome: Martha lo proyecta sobre Donny, como en sus mensajes (episodio
5), dotándolo de un significado que estabiliza su subjetividad. No es nostalgia,
sino un anclaje delirante que reordena su mundo, compensando la ausencia del
Nombre-del-Padre.
Miquel Bassols profundiza esta noción en diferetes textos,
como Llull con Lacan (2010) y Lo femenino, entre centro y ausencia
(2017). En la psicosis, el sujeto enfrenta un vacío estructural que no es solo
simbólico, sino que afecta su existencia, generando respuestas que no son
síntomas neuróticos, sino invenciones singulares que intentan anudar la falta
(Bassols, 2010; Bassols, 2017). En Llull con Lacan, Bassols analiza cómo
el sujeto psicótico, frente a la forclusión del Nombre-del-Padre, enfrenta un
“vacío de significación” que afecta su relación con lo real, produciendo
construcciones como el delirio o el sinthome para estabilizar su estructura
(Bassols, 2010, p. 78). En Lecturas de la página en blanco (2011),
describe el “horror al vacío” en la psicosis, donde el sujeto intenta llenarlo
con objetos o producciones que no son síntomas neuróticos, sino respuestas a
una falta estructural: “La historia de la clínica, en la descripción de los
síntomas y malestares más diversos del sufrimiento psíquico, lo detecta como
algo sin nombre ni representación posible” (Bassols, 2011, p. 45). El “bebé
reno” de Martha no es un mero objeto simbólico: es una creación que llena el vacío
de su ser, un suplemento que le da un lugar frente al Otro que no responde.
Bassols subraya que estas invenciones no son universalizables como el falo en
la neurosis: son radicalmente particulares, un rasgo que explica la insistencia
obsesiva de Martha en el apodo (episodio 5) y su confesión (episodio 7), donde
el juguete no solo anuda su historia, sino que la sitúa como sujeto en un mundo
que la excluye (Bassols, 2015). En Una política para erizos y otras herejías
psicoanalíticas (2016), Bassols señala: “…el sujeto no alucina
necesariamente, pero su relación con lo real se organiza a través de estas
construcciones precarias” (Bassols, 2016, p. 67). En Martha, el “bebé reno” no
sustituye su delirio erotomaníaco, sino que lo apuntala como un sinthome que
sostiene su estructura paranoica en un contexto que Miller y Laurent matizan
como psicosis ordinaria. Los correos contradictorios (episodio 5)—“Eres mi bebé
reno” versus “Te arrancaré la cabeza”—no son incoherencias: son la oscilación
de un goce que Bassols ve como típico de un vacío no mediado, donde el sinthome
sostiene, pero no resuelve, la fractura (Bassols, 2017, p. 89).
En De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible
de la psicosis (1958), Lacan distingue la erotomanía (“Él me ama”) de la celotipia
(“Él ama a otro”): Martha vive la primera en su certeza inicial (episodio 1),
pero la segunda emerge en el ataque a la novia (episodio 6). Bassols añade que
estas pasiones no son fases, sino “respuestas al mismo vacío que el sujeto
psicótico intenta bordear” (Bassols, 2010; Bassols, varios artículos en Freudiana),
un matiz que ilumina la continuidad entre el amor delirante de Martha y su
furia celotípica, dos caras de un goce desencadenado.
La erotomanía como solución frágil y su reverso violento
Una cuestión que profundiza Jean-Claude Maleval es la
erotomanía como un mecanismo compensatorio en La forclusión del
Nombre-del-Padre: El concepto y su clínica (2000): “La erotomanía organiza
el goce del psicótico al atribuir al Otro un amor que lo sitúa como objeto
privilegiado” (Maleval, 2000, p. 203). Para Martha, Donny es este Otro: el té
(episodio 1) desencadena un delirio que la estabiliza, dándole un lugar en un
mundo que no la contiene. Este amor delirante no es un capricho: es una
solución estructural que compensa la forclusión, como se ve en su insistencia
en contactarlo (episodio 2). Sin embargo, Maleval advierte: “Cuando el Otro
rechaza el delirio, el amor se transforma en odio, llevando al sujeto al acto”
(Maleval, 2000, p. 210). El mensaje amenazante (episodio 7) y su violencia
final tras los rechazos de Donny lo confirman: la erotomanía, inicialmente un
refugio, se quiebra, oscilando hacia la celotipia en el episodio 6, donde la
novia de Donny se convierte en una “rival” que desata su furia. Maleval
distingue estas pasiones por su temporalidad: la erotomanía vive en la
esperanza de un amor futuro, la celotipia en una pérdida presente. Martha las
cruza en un vaivén psicótico, revelando la precariedad de su estabilización y
el riesgo latente de su goce desbordado.
Psicosis y el goce sin límite
Por su parte, Jacques-Alain Miller introduce la “psicosis
ordinaria” en Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria (2015) para
describir formas sutiles de psicosis que no dependen de delirios floridos ni
fenómenos elementales clásicos: “La psicosis ordinaria se manifiesta en una
relación desencadenada con el Otro, donde el goce no encuentra límite” (Miller,
2015, p. 89). En Martha, esta noción no sustituye su estructura erotomaníaca,
sino que complementa su análisis: aunque su delirio amoroso (episodio 1) es
claramente paranoico, la ausencia de alucinaciones y la desregulación de su
lazo social—como su irrupción en el show de Donny (episodio 3)—evocan la
sutileza de la psicosis ordinaria. En El partenaire-síntoma (1997-1998),
Miller profundiza: “En la psicosis, el Otro no está barrado; el goce retorna
como invasión porque falta la función simbólica que lo contenga” (Miller, 2008,
p. 123). Los mensajes masivos (episodio 5) son esta invasión: un torrente que
satura a Donny, incapaz de detenerse ante su rechazo explícito, un rasgo que
trasciende la sistematicidad de la erotomanía clásica y que Laurent (1999)
vincula a la escalada de una demanda no reconocida.
Miller también reinterpreta el delirio: “No es un error,
sino una solución al agujero en lo simbólico” (Miller, 2015, p. 92). La
narrativa amorosa de Martha es este intento de estabilización: un parche sobre
su exclusión del orden social que dialoga con su sinthome erotomaníaco. En El
Otro que no existe y sus comités de ética (1996-1997), Miller añade una
dimensión contemporánea: “La época actual, con la declinación de las figuras de
autoridad, agrava la dificultad del psicótico para encontrar un freno externo”
(Miller, 2005, p. 234). La tecnología que usa Martha (episodio 5) amplifica
esta ausencia, convirtiendo su goce en una fuerza sin contención, un fenómeno
que Miller y Laurent ven como un marco para entender cómo la erotomanía de
Martha se despliega en un mundo hipermoderno, más allá de las categorías
tradicionales.
La psicosis en la hipermodernidad sin Otro
Incrustando estas presentaciones clínicas en la época, Éric
Laurent aporta una lectura contemporánea en El reverso de la biopolítica:
Una escritura para el goce (2016): “Cuando el Otro no ofrece contención, el
psicótico queda a merced de su propio goce, que puede volverse acto” (Laurent,
2016, p. 67). En Bebé Reno, la tecnología es un catalizador: los correos
y mensajes de Martha (episodio 5) son un “imperio de lo ilimitado” (Laurent,
2016, p. 89), un medio que potencia su invasión sin un límite externo. Laurent
desarrolla esta idea en La psicosis ordinaria (1999): “La erotomanía
busca un reconocimiento que el Otro no concede, llevando a una escalada cuando
la demanda falla” (Laurent, 1999, p. 134). El ataque a la novia (episodio 6) es
esta escalada: la indiferencia de Donny desata una furia celotípica que Laurent
asocia a la ausencia de figuras simbólicas en la modernidad, un punto que
dialoga con Miller al situar la erotomanía de Martha en un marco de psicosis
ordinaria. Aunque su delirio amoroso es estructurado, su desborde en actos como
el bombardeo digital (episodio 5) y la violencia física (episodio 7) refleja
una psicosis que se amplifica en un mundo sin anclajes simbólicos.
Laurent distingue la erotomanía como “pasión del ser”
(reconocimiento) y la celotipia como “pasión del tener” (posesión). Martha se
inclina hacia la primera en su certeza inicial (episodio 1), pero su vigilancia
y violencia (episodio 6) revelan un deseo de exclusividad, un cruce que Laurent
ve como típico de la psicosis desencadenada en una época donde el Otro simbólico
se diluye. En este contexto, la hiperconexión digital no solo facilita su
acecho: lo transforma en un arma, un fenómeno que Laurent vincula al “reverso
de la biopolítica”, donde el control social cede al desborde del goce.
La certeza psicótica como anclaje
Desde los aportes de Daniel Millas pueden explorarse la
transferencia y la certeza en la psicosis. En “Marcas de Lacan, marcas del
análisis” (2012), sostiene: “En la psicosis, la transferencia no se sostiene en
el supuesto saber del analista, sino en una atribución directa al Otro como
fuente de goce” (Millas, 2012, p. 102). Martha no busca en Donny un diálogo o
un saber: lo convierte en el soporte de su delirio, como en sus mensajes
insistentes (episodio 5) que ignoran su rechazo. En “La certeza en la psicosis”
(2010), Millas profundiza: “El psicótico no duda; su verdad es absoluta y no
admite contradicción, funcionando como un anclaje subjetivo frente a la falta
del Nombre-del-Padre” (Millas, 2010, p. 45). La confesión grabada (episodio 7),
donde vincula “bebé reno” a su infancia, no es un pedido de comprensión: es una
imposición de su narrativa, una certeza que no dialoga, sino que se afirma como
hecho consumado.
Pierre Naveau, en La clínica lacaniana (2004),
enriquece esta perspectiva al detallar la transferencia psicótica: “En la
psicosis, el Otro no es un partenaire del deseo, sino un objeto del goce que el
sujeto fija en su certeza” (Naveau, 2004, p. 78). Para Martha, Donny no es un
interlocutor: es un soporte inamovible de su delirio, como se ve en su
persistencia tras cada rechazo (episodio 2). Naveau subraya que esta
transferencia no opera por la vía del significante o la interpretación, como en
la neurosis, sino por una atribución directa que convierte al Otro en un lugar
de goce puro. “El psicótico no pregunta al Otro, lo usa como espejo de su
verdad” (Naveau, 2004, p. 85). Los mensajes contradictorios de Martha (episodio
5) reflejan esta dinámica: no busca una respuesta de Donny, sino que lo inunda
con su narrativa, un acto que Naveau vincula a la ausencia de la barra simbólica
que limitaría el goce. Esta certeza, combinada con la transferencia psicótica,
hace de Donny un elemento estructural de su estabilización, pero también un
blanco de su furia cuando se resiste (episodio 7), revelando la fragilidad y el
peligro de esta relación desencadenada.
La memoria psicótica y el Otro como soporte
Juan Carlos Indart aporta una mirada sobre la memoria y el
partenaire en la psicosis. En “Efectos de formación matemáticos” (2012),
escribe: “El psicótico no olvida; su memoria está al servicio del goce que lo
fija al Otro” (Indart, 2012, p. 145). El “bebé reno” (episodio 7) no es un
recuerdo casual: es un detalle que Martha reitera obsesivamente en sus mensajes
(episodio 5), usándolo para anclar su delirio y dar coherencia a su vínculo con
Donny. Esta memoria no es nostálgica ni funcional: es un instrumento del goce
que la mantiene atada a su construcción delirante. En “El partenaire en la
psicosis” (2008), Indart desarrolla: “El Otro no es un interlocutor, sino un
soporte del delirio que el sujeto no suelta; su alteridad es negada en favor de
la certeza psicótica” (Indart, 2008, p. 78). Cada rechazo de Donny (episodio 2)
es reinterpretado como parte de su historia: no lo ve como un sujeto autónomo,
sino como un elemento de su narrativa.
Naveau complementa esta idea al explorar la dimensión
clínica del partenaire: “El psicótico no dialoga con el Otro porque su
transferencia lo convierte en un objeto necesario para su estructura, no en un
sujeto de intercambio” (Naveau, 2004, p. 92). En Martha, Donny es este objeto:
su insistencia en contactarlo (episodio 2) y su furia ante la novia (episodio
6) no son reacciones a un rechazo interpersonal, sino a la amenaza de perder
ese soporte. Naveau añade: “Esta fijación no admite la alteridad porque el goce
del psicótico se juega en la presencia del Otro, no en su ausencia” (Naveau,
2004, p. 97). La confesión de Martha (episodio 7) es un acto de apropiación: al
narrar su infancia, no invita a Donny a responder, sino que lo reafirma como
parte de su delirio, una dinámica que Indart y Naveau ven como central en la
psicosis desencadenada.
El acting out como ruptura en lo real
En “El acting out y el pasaje al acto” Fabián Schejtman
(2005) puntúa lo siguiente: “El acting out es un grito en lo real, un intento
de hacer existir el lazo que lo simbólico no provee” (Schejtman, 2005, p. 78).
La irrupción de Martha en el show de Donny (episodio 3), gritando apoyo desde
su delirio, es este grito: no respeta el contexto social, imponiendo su
narrativa en un acto que busca visibilizar su vínculo imaginario. Schejtman lo
distingue del pasaje al acto por su carácter demostrativo: no es un corte
definitivo, sino una demanda de reconocimiento. El ataque a la novia (episodio
6) es otro acting out: al no poder inscribir su relación con Donny en el orden
simbólico, recurre a lo real para afirmarla, una violencia que Schejtman ve
como típica de la psicosis desencadenada. Estos actos no son impulsos ciegos:
son intentos desesperados de hacer existir un lazo que la forclusión le niega,
un eco de su ruptura estructural.
El Otro saturado y la imposibilidad del diálogo
Graciela Brodsky, en “El partenaire en la psicosis” (2009),
ofrece una perspectiva sobre la relación psicótica con el Otro: “El psicótico
no interroga al Otro, lo satura; no hay lugar para la pregunta porque su
certeza lo ocupa todo” (Brodsky, 2009, p. 65). Martha no dialoga con Donny: lo
inunda con mensajes (episodio 5) y actos (episodio 6), negando su alteridad.
Brodsky subraya que esta saturación no busca respuesta: es una imposición del
goce que convierte al Otro en un espacio pasivo. La confesión grabada (episodio
7) es un monólogo, no una invitación al intercambio: Martha relata su infancia
y el “bebé reno” como una verdad que no admite réplica, un rasgo que Brodsky
vincula a la ausencia de la función simbólica que mediaría el lazo. Esta
dinámica explica su peligrosidad: al no reconocer al Otro como límite, su goce
se torna invasivo, escalando de la palabra a la violencia (episodio 7) en un
mundo que no la contiene.
Estabilizaciones posibles
Silvia Tendlarz aporta una mirada clínica sobre sus
presentaciones y estabilizaciones. En La experiencia del análisis
(2007), escribe: “En la psicosis, el delirio no es un defecto, sino una
construcción que intenta suplir la forclusión del Nombre-del-Padre” (Tendlarz,
2007, p. 89). La erotomanía de Martha (episodio 1) y su sinthome “bebé reno”
(episodio 7) son esta construcción: un esfuerzo por organizar su goce y darle
un lugar en el mundo. Tendlarz distingue presentaciones clínicas: la erotomanía
como una “solución amorosa” que busca reconocimiento, frente a la celotipia
como una “defensa posesiva” ante la pérdida. Martha oscila entre ambas, como en
su furia celotípica (episodio 6), pero su predominio erotomaníaco la estabiliza
hasta que el rechazo la desborda.
En Psicosis y lazo social (2012), Tendlarz plantea:
“La estabilización psicótica depende de encontrar un partenaire que no ceda al
goce invasivo, pero que ofrezca un límite simbólico” (Tendlarz, 2012, p. 123). Donny
no cumple esta función: su rechazo (episodio 2) y su incapacidad para
contenerla desencadenan su violencia (episodio 7). Tendlarz sugiere que el
análisis puede estabilizar si el analista se posiciona como un Otro que
sostiene el delirio sin alimentarlo, un desafío en el caso de Martha, cuya
hiperconexión (episodio 5) dificulta cualquier freno externo. Su aporte clínico
resalta la complejidad de su arreglo: el sinthome la sostiene, pero su
fragilidad la hace peligrosa.
Lazo social y peligrosidad en la hipermodernidad
La psicosis, en la concepción lacaniana, implica una ruptura
estructural del lazo social por la forclusión del Nombre-del-Padre, el
significante que introduce la ley y permite al sujeto inscribirse en un orden
compartido. En Bebé Reno, esta ruptura se manifiesta con una claridad
perturbadora: Martha no habita el mundo social como un espacio de intercambio,
sino como un escenario para imponer su delirio. Jacques-Alain Miller, en El
Otro que no existe y sus comités de ética (1996-1997), describe la
modernidad como “la época del Otro que no existe” (Miller, 2005, p. 234), un
tiempo donde las figuras de autoridad simbólica—familia, instituciones,
normas—se diluyen, dejando al psicótico sin un freno externo para su goce. Los
cientos de correos que Martha envía a Donny (episodio 5) no son solo una
molestia: son una invasión que refleja esta ausencia de contención, un goce que
no encuentra barrera en el Otro social. Miller subraya que esta falta de límite
transforma el lazo en una relación desencadenada, donde el sujeto no se detiene
ante la resistencia del mundo externo, como se ve en la irrupción de Martha en
el show de Donny (episodio 3) o su ataque a la novia (episodio 6).
Éric Laurent, en El reverso de la biopolítica: Una
escritura para el goce (2016), amplifica esta idea al señalar cómo la
hipermodernidad, con su tecnología omnipresente, agrava la peligrosidad del
psicótico: “Cuando el Otro no ofrece contención, el goce deviene acto, y la
hiperconexión lo potencia como un imperio de lo ilimitado” (Laurent, 2016, p.
89). Los mensajes masivos de Martha (episodio 5) no son un simple acoso: son un
arma que la tecnología entrega a su delirio, permitiéndole saturar a Donny sin
restricción física o temporal. Laurent vincula esto al “reverso de la biopolítica”:
mientras las sociedades modernas buscan regular la vida, la declinación del
Otro simbólico deja al goce psicótico fuera de control, un fenómeno que culmina
en la violencia física de Martha (episodio 7), cuando su mensaje amenazante se
traduce en acción tras el rechazo definitivo de Donny. Esta escalada no es
accidental: es el resultado de un mundo donde las mediaciones simbólicas han
cedido al desborde de lo real.
Silvia Tendlarz, en Psicosis y lazo social (2012),
aporta una perspectiva clínica: “El psicótico no se inscribe en el lazo social
como el neurótico; su relación con el Otro es de saturación o exclusión, y su
estabilización depende de un partenaire que ofrezca un límite sin ceder al
goce” (Tendlarz, 2012, p. 123). Martha no encuentra este partenaire: Donny, con
su rechazo vacilante (episodio 2), no logra ser un freno simbólico, y su
intento de establecer límites (episodio 7) solo precipita el acting out.
Tendlarz advierte que, sin este anclaje, el psicótico queda a la deriva, y la
hipermodernidad—con su ausencia de estructuras tradicionales—agrava esta
deriva.
En esta misma línea, Gilberto Gambini, en Psicosis y
contemporaneidad (2015), introduce una dimensión sociológica: “La
modernidad líquida, con su disolución de los lazos estables, empuja al
psicótico a buscar soluciones individuales que chocan con el Otro” (Gambini,
2015, p. 67). La obsesión de Martha con Donny (episodio 1) y su sinthome “bebé
reno” (episodio 7) son estas soluciones: un intento de crear un lazo donde no
lo hay. Gambini subraya que la tecnología digital, al eliminar las barreras del
espacio y el tiempo, convierte estas soluciones en actos potencialmente
destructivos, como el bombardeo de mensajes (episodio 5) que escala a la
violencia física (episodio 6). Para Gambini, la peligrosidad del psicótico no
reside solo en su estructura, sino en la amplificación que la sociedad
contemporánea ofrece a su goce desregulado.
La lectura de Marie-Hélène Brousse, en El inconsciente a
cielo abierto (2009), aporta una mirada sobre el impacto de la
hiperconexión: “En la era digital, el psicótico no solo invade al Otro; su goce
se multiplica en un espacio sin bordes, donde lo real toma el lugar del
simbólico” (Brousse, 2009, p. 145). Los correos de Martha (episodio 5) son este
“inconsciente a cielo abierto”: un desborde que no encuentra límite en las
normas sociales o en la respuesta de Donny. Brousse destaca que esta ausencia
de bordes torna al psicótico particularmente peligroso: su delirio, antes
contenido por estructuras comunitarias, ahora se expande sin freno, como en el
ataque a la novia (episodio 6), un acto que busca reafirmar su narrativa en lo
real ante la indiferencia del Otro.
Gérard Wajcman, en El objeto del siglo (1998),
enriquece esta perspectiva al analizar cómo los objetos modernos devienen
extensiones del goce: “En un mundo donde el simbólico se retrae, los objetos
tecnológicos se cargan de un plus-de-goce que el sujeto no puede regular”
(Wajcman, 1998, p. 112). Los correos y mensajes de Martha (episodio 5) no son
meros instrumentos: son objetos que canalizan su erotomanía, transformando un
acto comunicativo en una invasión que desborda lo real. Wajcman dialoga con
Laurent al señalar que esta carga de goce convierte la tecnología en un
amplificador de la psicosis, un punto que explica la escalada de Martha de la palabra
a la violencia (episodio 7).
Clotilde Leguil, en El ser y el género (2015), añade
un matiz sobre la identidad en la modernidad: “El psicótico busca una identidad
que el Otro no valida, y su goce, alojado en el cuerpo, irrumpe cuando el lazo
falla” (Leguil, 2015, p. 89). La erotomanía de Martha es este intento de
identidad que colapsa ante la indiferencia de Donny, llevando su goce a
manifestarse en el cuerpo: el ataque físico (episodio 6) no es solo celotipia,
sino una erupción de lo real que la hipermodernidad no contiene. Leguil subraya
que esta deriva es típica de una época sin anclajes, donde el sujeto psicótico,
al no encontrar su lugar, recurre a actos que marcan su existencia en el Otro.
La peligrosidad de Martha, entonces, no es solo un rasgo
individual: es el producto de una estructura psicótica amplificada por un
contexto social que carece de mediaciones simbólicas. Su erotomanía (episodio
1) la estabiliza momentáneamente, pero la celotipia (episodio 6) y los acting
outs (episodios 3 y 7) revelan un goce que, sin el Nombre-del-Padre ni un Otro
consistente, se torna invasivo y destructivo. La hipermodernidad, con su
tecnología y su “Otro que no existe”, no solo facilita esta deriva: la
convierte en un peligro tangible, un desafío para cualquier intento de
estabilización clínica o social.
Martha, un torbellino erotomaníaco con un horizonte de
estabilización
En Bebé Reno, Martha encarna una psicosis donde la
erotomanía predomina, matizada por la celotipia, desplegada en un torbellino
subjetivo que expone tanto su fragilidad como su peligro. Desde el té que
desencadena su certeza amorosa (episodio 1) hasta los correos masivos (episodio
5), el ataque celotípico (episodio 6) y la confesión que anuda su sinthome
“bebé reno” (episodio 7), su trayectoria revela un amor delirante que acecha y
estalla en violencia ante el rechazo, amplificado por una tecnología que
transforma cada mensaje en un proyectil. Su lazo social, fracturado por la
forclusión del Nombre-del-Padre, no encuentra asidero en un mundo hipermoderno
donde las figuras de autoridad simbólica se desvanecen, dejando su goce sin
freno, como se ve en su invasión digital y sus acting outs. La ausencia de un
partenaire capaz de ofrecer un límite simbólico, sumada a la liquidez de una
modernidad que diluye los anclajes, convierte su erotomanía en una fuerza
destructiva, un eco de la soledad estructural de la psicosis en una época sin
mediaciones.
Sin embargo, el psicoanálisis lacaniano no se limita a
diagnosticar esta deriva: también señala caminos hacia la estabilización. El
sinthome “bebé reno”, aunque frágil, demuestra la capacidad de Martha para
inventar un anclaje que ordena su mundo, un esfuerzo creativo que, en un
contexto clínico, podría transformarse en una solución más sólida. La psicosis,
incluso en su forma erotomaníaca, no es un destino inamovible: un partenaire—ya
sea un analista o una figura que sostenga sin ceder al goce—puede ofrecer un
límite simbólico que module su relación con el Otro, reduciendo el riesgo de
escaladas violentas. En un mundo hiperconectado que amplifica el desborde, el
desafío es construir nuevos lazos sociales que restituyan una contención
simbólica, permitiendo al sujeto psicótico encontrar un lugar sin recurrir a la
invasión o la exclusión. Bebé Reno no solo refleja el abismo de la
psicosis contemporánea, sino también la posibilidad de un horizonte donde el
delirio, lejos de ser un defecto, se convierta en el germen de una
estabilización singular. Martha, con su torbellino erotomaníaco, nos confronta
con la crudeza de un mundo sin Otro, pero también nos recuerda que incluso en
el vacío estructural, el sujeto puede tejer un sinthome más certero, un ancla
que no solo sostenga, sino que ilumine un camino hacia un lazo social renovado.
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